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Los robots aventureros que rescatan los tesoros perdidos del océano

Ya han comenzado a aprender a distinguir sonidos y son capaces de leer los labios, armar el cubo de Rubik o jugar al go mucho mejor que los seres humanos: los robots no son solo protagonistas de películas y series de ciencia ficción, sino que se han convertido en unos inteligentes aliados de la humanidad. De hecho, protagonizan misiones espaciales, luchan contra los cazadores furtivos y, por si fuera poco, se han convertido en la principal esperanza para conocer a fondo los océanos del planeta Tierra.

Si bien el agua ocupa dos terceras partes de la superficie terrestre, el medio marino es el menos inspeccionado de este lugar llamado Tierra. En concreto, a estas alturas el 95 % de los océanos permanecen sin ser explorados por el ser humano. Sin embargo, los robots más curiosos hasta la fecha podrían ser la solución perfecta para desentrañar algunos de los misterios de esa inmensa masa salada.

Una nueva clase de robots autónomos está empezando a ser echado al mar para que descubra por sí solo qué se esconde en los océanos de nuestro planeta. Se les apoda como “curiosos”, porque, más allá de ser capaces de buscar organismos o paisajes marinos en base a unas capacidades concretas, están alerta para descubrir aquellas otras cosas interesantes que puedan pasar ante sus tecnológicos ojos de forma inesperada.

Equipados con multitud de sensores con los que medir su propia profundidad, la temperatura o la salinidad del agua, los robots curiosos también cuentan con cámaras que envían constantemente imágenes (de baja resolución, eso sí) de lo que hay ante ellos para que los operadores humanos, desde un barco cercano, puedan darle el visto bueno en caso de que el robot descubra algo distinto de lo esperado y desee explorar a fondo.

Una tecnología reciente

A pesar de su juventud, las máquinas autónomas dedicadas a la exploración submarina ya han servido para hacer algún curioso descubrimiento bajo el mar. Es el caso de las investigaciones llevadas a cabo por Hanumant Singh, un físico e ingeniero marino del Woods Hole Oceanographic Institution de Massachusetts que, en 2015, se propuso estudiar junto a su equipo a los seres vivos que habitan bajo las aguas de la costa de Panamá.

Gracias a su robot curioso, la expedición descubrió un interesante movimiento migratorio de un tipo de cangrejos poco común en la zona: después de que el aparato detectara una anomalía en el fondo marino, envió imágenes al equipo de investigación, y sus miembros decidieron que el robot se acercara más. La pelusa roja que había visto el curioso dispositivo era, en realidad, una suerte de enjambre de cangrejos rojos más propios de la zona de Baja California y que, probablemente, habían huido de sus habituales depredadores para establecerse por primera vez lejos de su hábitat.

No obstante, no solo de especies marinas vive la exploración de los robots curiosos. De hecho, otro de los usos que se está dando ya a este tipo de máquinas autónomas está más relacionado con Indiana Jones que con Jacques Cousteau: el arqueólogo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología Øyvind Ødegård recurre a los robots curiosos para detectar e investigar naufragios acaecidos en lugares demasiado peligrosos como para que sean buzos humanos los que desciendan a investigar. “Para explorar el mapa y los océanos, los robots inteligentes con capacidad para extraer datos de sensores y tomar decisiones inteligentes son una solución eficiente”, explica el propio arqueólogo.

Además, este tipo de robots no solo son más seguros para explorar zonas desconocidas o peligrosas, sino que se han convertido en la herramienta idónea para misiones largas. El propio Ødegård explica que, si bien para misiones cortas en áreas del océano ya exploradas es posible programar robots al uso para que se enfrenten sin problemas a la situaciones previsibles, “para las misiones más largas y con un conocimiento previo limitado del medio, esas previsiones son difíciles de hacer, por lo que el robot debe tener una inteligencia lo suficientemente robusta como para hacer frente a acontecimientos imprevistos”.

El desarrollo

Si bien es ahora cuando estos robots curiosos están comenzando a bucear en las profundidades marinas en busca de animales desconocidos o barcos hundidos, la ciencia lleva años trabajando en su desarrollo. De hecho, esta tecnología se desarrolló por primera vez hace 15 años, cuando investigadores como el propio Singh creaban de cero tanto los robots como el ‘software’ que los convertía en inteligentes.

Sin embargo, a día de hoy las cosas son algo más sencillas: ya existen programas de código abierto con los que los científicos pueden crear sus propios robots curiosos de una forma más fácil. Así, ahora ‘solo’ tendrían que construir el robot en sí, instalar el ‘software’ y, a partir de ahí, adaptar los algoritmos para que el aparato se ajuste a la misión.

Esta es, probablemente, la parte más importante en el desarrollo de los novedosos y útiles robots curiosos: enseñarles qué es probable que vean en su misión para que, además, sean capaces de detectar algo inesperado y manden la información a la superficie.

Precisamente, esa última parte representa el mayor reto en lo que al avance tecnológico de estas máquinas se refiere. No en vano, el agua frena las señales electromagnéticas enviadas o recibidas por los robots curiosos, por lo que solo se comunican con pocos bits. De esta forma, y para mejorar las imágenes que reciban en la superficie, es importante buscar una forma eficiente de comunicación entre los robots y los operadores humanos que esperan en el barco.

Mejoren o no, nuestros mares ya están siendo surcados por unos colaboradores cuya ayuda se convertirá en imprescindible: unos robots cuya curiosidad no tiene nada de peligroso. Todo sea por conocer, de una vez por todos, qué se esconde en tanta agua salada.

Con información de Astronomía, National Ocean Service y The Atlantic. Imágenes propiedad de MorganSteve SlaterDirectDish.

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