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Los Robin Hood de carne y hueso que robaron a los ricos para dárselo a los pobres

Hay leyendas que no solo perviven durante los siglos, sino que incluso adquieren una mayor relevancia a medida que pasa el tiempo. Esto ha ocurrido con la del justiciero que habitaba en el bosque de Sherwood, cerca de la ciudad británica de Nottingham, y que allá por el siglo XIII tenía un único propósito: robar a los que más tenían para dárselos a quienes más lo necesitaban.

Los últimos datos cuentan que era Roger Godberd el hombre que se escondía tras el seudónimo de Robin Hood. No sé sabe a ciencia cierta si tal personaje existió o la leyenda logró dar el salto de la ficción a la realidad, pero lo cierto es que tanto en la literatura como en el cine y el teatro su figura se ha ido agigantando. Tanto es así que recientemente llegará a la gran pantalla una nueva película, protagonizada por Taron Egerton y Jamie Foxx.

Más allá de lo que se relata en las páginas de los libros que contaban las hazañas de Robin Hood y de aquello que nos muestran los filmes sobre sus heroicidades, lo cierto es que muchos son los que han seguido el ejemplo de este justiciero. En distintos rincones del planeta y en distintas épocas, han emergido hombres y mujeres con el valor necesario para combatir las injusticias sociales y, de un modo u otro, tratar de equilibrar la balanza entre ricos y pobres.

Uno de herederos de Robin Hood más recientes fue el doctor Ozel Clifford Brasil, quien a comienzos de los años 90 del siglo pasado vivía en Los Ángeles y ejercía como ministro asociado en la Primera Iglesia Episcopal Metodista Africana. En un momento donde las autoridades cargaban de forma indiscriminada contra la población afroamericana de Estados Unidos, él decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Después de ver lo que ocurría, tomó la senda de la educación para tratar de sacar a los chicos y chicas de las calles y ofrecerles un próspero futuro. Se convirtió en el mentor de miles de adolescentes que por aquel entonces no contaban con la oportunidad de ingresar a las universidades para continuar con sus estudios.

La educación universitaria por aquel entonces era muy cara, de tal forma que eran muchas las familias que incluso con cierto nivel de ingresos tenían que endeudarse. Pues bien, Ozel Clifford decidió que sus estudiantes no tendrían que llegar al mercado laboral con una mochila de deudas con alguna entidad financiera o bancaria. Así que se las ingenió para pergeñar un fraude a gran escala que no tenía otro cometido que posibilitar que estos chicos y chicas sin recursos pudieran estudiar en todas las universidad del país. Gracias al mismo, hasta 18.000 jóvenes pudieron obtener un título. En 2003, este Robin Hood de carne y hueso fue condenado por fraude de ayuda estudiantil y fue condenado a tres años y medio de prisión.

El héroe popular japonés

Unos 500 años después de que Robin Hood anduviera asaltando carruajes y disparando con su arco en los bosques de Sherwood, en Japón surgió la figura de uno de sus herederos. Se trata de Nakamura Jirokichi, que vivió en la antigua ciudad de Edo, ahora convertida en Tokio, a comienzos del siglo XIX. Era un personaje que acabó convertido en leyenda por tener una doble vida. Si bien por el día era un trabajador al uso, que no daba problemas en su puesto y que colaboraba con el cuerpo de bomberos local a tiempo parcial, por la noche se transformaba. La leyenda cuenta que cuando el sol se escondía se convertía en un hábil ladrón que asaltaba las propiedades de los señores feudales y de sus guerreros samurais.

Fue apodado como ‘Nezumi Kozō’, cuya traducción sería «el niño rata». A día de hoy no se sabe a ciencia cierta si dicho sobrenombre procede de su aspecto, ya que era pequeño, o de que utilizaba bolsas de ratas para soltarlas en las casas que asaltaba para que sus inquilinos no le descubrieran. Sin embargo, llegó un día en que lo capturaron. Y aunque se estima que en los 15 años que estuvo robando se hizo con un botín de hasta 30.000 monedas de oro japonesas, solo encontraron una muy pequeña parte del mismo cuando lo arrestaron. La hipótesis más extendida es que dio todo lo que robaba a los pobres, de ahí que acabara por convertirse en una auténtica leyenda.

Kayamkulam Kochunni, el justiciero indio

No solo la figura de Robin Hood ha dado el salto a la gran pantalla. Otros populares héroes que decidieron tomarse la justicia por su mano y tratar de arrebatar sus pertenencias a los que más tenían para repartirlas entre quienes más lo necesitaban, también han tenido su retrato en el cine. Sin ir más lejos, el legendario bandido que estuvo activo en la India a comienzos del siglo XIX, que no es otro que Kayamkulam Kochunni. Nacido en 1818, pronto tuvo que ponerse a trabajar en una tienda de comestibles, pues la muerte de su padre sumió a su familia en la más absoluta pobreza.

Sin embargo, desde joven se convirtió en un proscrito de la ley, pues comenzó a robar desde que era un niño. Eso sí, no se dedicaba a robar a cualquiera. Desde joven desarrolló una visión del sistema monetario en su país que le llevó a entender las abismales diferencias que existían entre los ricos y los pobres, por lo que optó por hacer todo lo que estaba en su mano para equilibrar las fuerzas entre unos y otros. Así fue como se convirtió en el Robin Hood indio, puesto que aquello que sustraía a los más pudientes lo repartía entre los más desfavorecidos. Y como ocurrió con la mayoría de estos justicieros, acabó detenido y entre rejas, donde finalmente murió.

La Carambada mexicana

Y no solo han existido justicieros que siguieron la estela de Robin Hood, sino que también encontramos casos de alguna que otra justiciera que tuvo el arrojo para enfrentarse a los más poderosos, arrebatarles sus pertenencias y repartirlas entre los más pobres. Una de ellas fue Leonarda Martínez, más conocida en su México natal como ‘la Carambada’. Tales fueron sus hazañas que en la región de Querétaro es considerada una auténtica leyenda. Todo comenzó cuando perdió a su padre, que falleció luchando contra los estadounidenses, teniendo ella tan solo cuatro años. Entonces comenzó su actividad delictiva, asaltando las propiedades de los más pudientes.

Años más tarde, su actividad de radicalizó, después de que las autoridades mexicanas hicieran caso omiso a sus plegarias para perdonar la vida al teniente de las fuerzas imperiales del que ella estaba enamorada. Fue entonces cuando decidió emprender una lucha contra aquellos que no atendieron sus súplicas. Cuentan que realizaba los atracos a los ricos siempre vestida de hombre, y que una vez que conseguía aquello que quería mostraba su verdadera identidad. Aprovechando su belleza y su presencia, consiguió engañar a quien la podía sentar a la mesa con el presidente del país Benito Juárez, y fue cuando aprovechó para vertir un veneno en su copa que le provocó la muerte 21 días después. Al menos, eso es lo que cuentan las leyendas. A Leonarda la dispararon cuando tenía 86 años, pero logró sobrevivir 2 días con varias balas en el pecho, el tiempo que necesitó para decirle a un sacerdote que contara su historia.

El Robin Hood de Vallecas

Repartidor de pescado de día, butronero de noche. Se trata del último justiciero del siglo XXI. Es Flako, un joven de 34 años de Madrid que desde los 15 llevaba campando a sus anchas por el sistema de alcantarillado de la capital española para asaltar las sucursales bancarias por medio de la técnica del butrón. Si bien es cierto que todavía hay quien duda de si realmente robaba ese dinero a los más poderosos para repartirlo entre los más pobres, ahora su historia ha dado el salto a la gran pantalla gracias a la película ‘Apuntes para una película de atracos’, obra del documentalista Elías León Siminiani.

Este Robin Hood madrileño lo aprendió todo de su padre, que conocía a la perfección tanto la técnica para realizar butrones como las entrañas del mapa subterráneo de la ciudad. Una tradición de ladrones, que finalmente acabó dando con sus huesos en la cárcel cuando la policía arrestó al hijo y a todos los miembros de su banda en agosto de 2013. Si el justiciero británico se escondía entre árboles, este lo hacía debajo de las calles de la ciudad y no llevaba arcos, sino herramientas para derrumbar las paredes que le separaban del botín.

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Con información de The Richest, The Atlantic, BBC, Idaho-Japan, Wikipedia, Así es México, El Mundo y El Periódico. Las imágenes de este artículo son propiedad de Arran BeeMisguided Altruism, PicrylRecorridos Mágicos.

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