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Destruir los periódicos para salvar el periodismo

 

Foto de Pulse en iPad cortesía de AppleInsider

 

«Hemos tenido que destruir el poblado para salvarlo»

— Mayor del ejército norteamericano tras la destrucción del poblado vietnamita de Ben Tre.

En los medios periodísticos es tradición que la mano derecha no sepa muy bien lo que hace la izquierda. La llamada «separación entre Iglesia y Estado» consiste en que los departamentos de redacción y comercial de un periódico sólo se coordinen para repartirse el papel, pero nada más; la publicidad no puede ni debe influir en las noticias, en la sagrada labor del periodismo. En ocasiones, sin embargo, esta desconexión puede ser excesiva, como cuando el lunes pasado los abogados del New York Times obligaron a Apple a retirar del su tienda virtual un agregador de noticias que había recibido alabanzas en el mismo diario.

 

Pulse, que así se llama esta aplicación, es un lector de fuentes RSS, un tipo de programa también conocido como «agregador». Mientras que los navegadores de internet se controlan manualmente, y es su usuario el que ha de seguir los enlaces uno a uno, los agregadores son algo así como «navegadores periódicos», que se descargan automáticamente las listas de enlaces de las webs que uno configure en ellos. Cualquier medio en la red publica sus noticias en este formato: lo hace automáticamente el software para blogs como este mismo sitio, y también lo hacen los sitios web hechos a medida para periódicos establecidos como El País, Le Monde o el New York Times.

Pulse tenía el prestigio de ser la aplicación más vendida de su categoría en el incipiente mercado de iPad, y Jobs la había puesto como ejemplo de buen diseño para iPad en su discurso de esa misma mañana. Esto no fue obstáculo para que los responsables de la App Store de Apple retiraran la aplicación a pedido de los abogados del NYT, que alegaban que el programa infringía el copyright del periódico e «incumplía las condiciones de uso» de su sitio web al enmarcar las páginas del New York Times junto con otro contenido. Y muy especialmente, según los mismos abogados, por ser una aplicación de pago.

Resulta difícil entender en qué infringe el copyright un programa así. Si uno publica un sitio web, tiene que dar por hecho que del otro lado de la red hay personas que usan navegadores, y si uno publica las fuentes RSS para su sitio web, tiene que dar por hecho que del otro lado hay personas que usan agregadores. Por otro lado, el programa no puede vulnerar el copyright porque no distribuye contenido bajo copyright: cuando un usuario de Pulse quiere leer el New York Times, se está descargando la información desde el servidor web del propio New York Times. El enmarcado de las páginas en la interfaz del programa debería gustarles a los abogados: las páginas se mostraban con todos sus anuncios, sin modificación alguna. Y si el programa era de pago… también lo son los navegadores Safari para Mac o Internet Explorer para Windows, que si bien vienen incluidos con sus respectivos sistemas operativos, estos sólo se pueden obtener a cambio de dinero.

Pulse es un lector de RSS como los demás, igual que Safari y Explorer son navegadores como los demás. La petición de los abogados era ridícula, y dos días más tarde Pulse volvía a estar en la App Store. La anécdota, sin embargo, tiene mucho valor como síntoma de la sensación de falta de control que se tiene en las directivas de los periódicos. En realidad la petición no tenía nada que ver con el copyright ni con el control de la edición digital del diario, sino con el control de los lectores. ¿Cómo se atreven a leer el diario como quieren ellos, en vez de como queremos nosotros?

Esta necesidad de control viene dada por el creciente desacoplamiento entre las noticias y la capacidad para cobrar por ellas. Los contables de los medios quieren poder cobrar, necesitan hacerlo, y la única forma que se les ocurre es el modelo de huerto vallado con peaje en la puerta. El problema es que la experiencia para el usuario de estos modelos es peor que la de la web en abierto. Los huertos vallados compiten con los sitios web en abierto no sólo en precio, sino también en usabilidad y funcionalidades. Es sabido que las pasarelas de pago en los sitios web de los diarios impiden o dificultan los enlaces entrantes y el acceso de los buscadores, pero las aplicaciones específicas como la revista de Wired o el Orbyt de El Mundo van más allá en su misión de dificultarles la vida a sus lectores. Wired en iPad no permite ni siquiera seleccionar texto para copiar y pegar, porque cada página es una imagen monolítica. La integración de Orbyt con redes como Twitter, Facebook o Menéame (el principal motor de descubrimiento de nuevas noticias que leer en estos días) es, cuanto menos, dificultosa.

Como el mayor del ejército norteamericano en Vietnam, han convertido la batalla por los lectores en una batalla contra el lector, y en su intento por salvar los periódicos bombardeando la propia posición sólo están consiguiendo devaluar más los periódicos, y ahuyentar a los lectores hacia otras alternativas.

Véase si no Reader, la última función de Safari 5. Reader es un botón que toma una página web y deja sólo el texto en formato legible, eliminando no sólo los anuncios, sino también los botones de redes sociales (que si twitter, que si facebook), las invitaciones a apuntarse a la propia red social del periódico (funesta costumbre), los enlaces a otros titulares, a otras secciones, las applets de flash de interminable tiempo de carga, los comentarios…

Algunos han querido ver en Reader una muestra más del genio maligno de Jobs, que con este sistema hostil a los editores quiere empujarles para que publiquen en aplicaciones específicas a su plataforma. Sin embargo, Reader está basado en un proyecto de software libre llamado Readability, cuyos autores, el estudio de desarrollo web Arc90, nunca tuvieron como intención que los editores publicaran en el iPad. Al contrario: lo que quiere Arc90 es facilitarles la vida a los lectores que leen las noticias en la web. Lo mismo opina Marco Arment, autor de Instapaper, otra aplicación de ayuda a la lectura de artículos largos en la red.

La paradoja es que la huida de los periódicos a las plataformas privativas como iPad es la solución al problema equivocado. En vez de hacerle la vida más fácil a sus lectores, se la hacen más difícil. Pero, sobre todo, se ponen en manos de los dueños de las plataformas. Si es difícil competir en una plataforma abierta, donde el editor puede hacer lo que desee, como es la Web, más difícil va a serlo en una plataforma cerrada y sujeta a los arbitrios de su dueño, donde los editores apenas son aparceros en tierra ajena. Si, como decía AJ Liebling, la libertad de prensa está reservada a quienes tienen una, los medios que monten su negocio sobre plataformas cerradas acabarán teniendo que rendir cuentas a sus dueños.

Es posible que el modelo les acabe funcionando a las revistas, y que muchas consigan vender las versiones premium, porque están más especializadas, y no dan todas el mismo guiso con distinta salsa. Los diarios, sin embargo, lo tienen más complicado. En periodismo diario las exclusivas tienen el valor que tienen porque son escasas, pero uno no puede inventarse las noticias: al final, los medios periodísticos son en gran manera intercambiables entre sí. El resultado es que sólo un 7% de los lectores dice estar dispuesto a pagar por las noticias.

Al final, la respuesta a la pregunta de la rentabilidad de los medios periodísticos puede estar en cambiar la pregunta. Primero, tratar de encontrar modelos de negocio compatibles con la libertad de copia y acceso a la información, en vez de intentar enrocarse en los viejos modelos dependientes de la escasez de la información. Algunos piden subvenciones públicas al periodismo como un «bien público». Sin llegar a ahondar de dónde saldrá el dinero para financiarlo, analista Jeff Jarvis sugiere que el periodismo tiene que convertirse en una actividad sin ánimo de lucro. Quizá la solución pase por la microfinanciación al estilo de los proyectos periodísticos listados en Kickstarter.

Al fin y al cabo, ¿qué es lo importante? David Remnick, el director de la revista The New Yorker, lo llama «the thing itself«, «la cosa en sí»: los reportajes de investigación, el periodismo narrativo, la crítica, las viñetas editoriales.  Si lo importante es salvar la función social del periodismo, es posible que no sólo haya que abandonar los formatos tradicionales de papel, sino también su actual estructura empresarial.

Este sería otro Vietnam, y otro tipo de bombardeo sobre la propia posición, pero uno que podría funcionar. Destruir las empresas periodísticas para salvar el periodismo.

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