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Derribando mitos: 15. Fomentar el deporte para reducir los delitos

El hercúleo boxeador de “The Wire”, Dennis Wise, intentaba trasegar esquinas por rincones a los chavales de Baltimore: las esquinas en las que estaban casi abocados a vender drogas para ganarse la vida por los rincones del cuadrilátero. El antiguo criminal actuaba con honestidad pero ya sabemos que de buenas intenciones está el infierno lleno: puede que sus alumnos no acabaran convirtiéndose en camellos sino en camellos dotados de un temible crochet.

La sabiduría convencional supone que el deporte es una buena forma de apartar a los jóvenes de la delincuencia. Al y al cabo mientras los chavales de los barrios más conflictivos están jugando al fútbol no están alunizando coches contra los escaparates de las joyerías. Pero no todos son parabienes en la actividad física. Imagina por un momento a esos mismos chavales haciendo pesas o practicando kick-boxing y aplicando sus enseñanzas a sus futuras actividades delictivas, convirtiéndose en una suerte de supervillanos hormonados a cargo de los presupuestos del Estado.

Este es el argumento del sociólogo francés Sebastian Roché: “La práctica de deporte no reduce en absoluto el número de delitos”. Peor aún, estos mismos deportes “confieren la oportunidad de desarrollar capacidades físicas útiles para los delitos callejeros: correr, aprender a usar un comportamiento impulsivo o graduarse en el uso de la fuerza”. Roché no habla de oídas: ha trabajado durante años en los barrios más conflictivos de París, los mismos que ardieron durante el verano de la ira de 2005.

Roché, jefe de investigación del CNRS, critica en una entrevista en L’Equipe la sabiduría convencional, el buenismo de la clase dirigente y de las organizaciones sociales o los intereses comerciales de fabricantes de artículos deportivos. Por ejemplo, en los años 90 el millonario francés Bernard Tapie, a la sazón presidente de Adidas, se convirtió en Ministro de la Villa (un departamento encargado del desarrollo social de las ciudades) con un discurso que animaba a llenar los suburbios de botas y balones de fútbol.

Buen intento. Craso error, cree Roché:

Los estudios muestran que la gente más agresiva tiende a escoger deportes de lucha. Estos deportes se enseñan en sitios con la idea sincera de que ayudan a mejorar el autocontrol. Pero estos deportes son, también honestamente, escogidos por personas que quieren confirmar su superioridad física”.

Roché, que no recomienda el cierre de los gimnasios ni instalaciones deportivas, también arremete contra los efectos de acudir a eventos deportivos como espectadores: “Los deportes implican momentos fuertemente emocionales que pueden llevar a la gente a buscar venganza después de una derrota humillante…Ésta es la lógica de los hooligans: “Nos ganaron pero no se lo merecían. Hay que aplicar justicia”.

Por supuesto, las conclusiones de Roché son discutibles…y discutidas. El economista Stephen Dubner, en Freakonomics, considera que la relación entre deporte y delincuencia no es causal sino simplemente casual: “¿No podría ser que el tipo de hombre joven que tiene tendencia a la delincuencia a) no tiene trabajo; b) por tanto tiene mucho tiempo libre y c) lo gasta practicando deporte?”.

Blog de Sebastian Roché. Visto en Freakonomics.

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