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10 mujeres españolas que fueron pioneras en la forma de hacer las cosas

Como ocurre en tantos y tantos ámbitos, la historia parece empeñada en dejar en un segundo plano el papel que ha desempeñado la mujer y los enormes logros que han conseguido, contribuyendo decisivamente a alcanzar las cotas de conocimiento que tenemos en la actualidad. Pese a los enormes obstáculos que encontraron, no se rindieron, y a base de tesón e ingenio, consiguieron alcanzar las metas que se habían propuesto. ¿Cuánto sabes de estas mujeres españolas que fueron pioneras en trabajar por al avance de nuestra sociedad? ¿Cuál es tu favorita?

Teresa de Pedro (1944 -…)

Aunque el coche autónomo aún nos parece futurista, a finales de los años 90 una española ya estaba entre los pioneros de esta tecnología. La zamorana Teresa De Pedro trabajó en los albores de la informática en España con un IBM 1620, una de los primeros equipos que llegaron a las universidades. Investigadora del CSIC, desarrolló un proyecto para la primera empresa que fabricaba ordenadores patrios, creó uno de los primeros programas de inteligencia artificial y dirigió un programa que diseñó coches autónomos. Se llamaba ‘Autopía’, y desarrolló al menos cuatro vehículos sin conductor que se llamaron Babieca, Rocinante, Clavileño y Platero.

Ángela Ruiz Robles (1895 – 1975)

Sesenta años antes de que saliera la primera tablet, la profesora e inventora gallega Ángela Ruiz Robles patentó un rudimentario soporte de lectura para facilitar el aprendizaje a sus estudiantes, muy parecido a los libros digitales que conocemos hoy en día. Era un asombroso ‘libro mecánico’ que se podía leer en vertical y en horizontal. La superficie se podía iluminar para leer en la oscuridad y tenía una pantalla donde era posible escribir y dibujar. Cuando ponías un dedo en ella, ese punto se iluminaba y se abría otra información (¿el abuelo del hiperlink?). Hasta el día de su muerte en 1975 la maestra estuvo pagando las cuotas de su patente, con la ilusión de que su idea se pudiera hacer realidad en algún momento y los escolares españoles dejaran de llevar mochilas cargadas de libros.

Fermina Orduña

En 1865, la madrileña Fermina Orduña se convirtió en la primera mujer española en obtener la patente de un invento registrado a su propio nombre y no al de su marido. ¿De qué se trataba? El invento de Fermina se llamaba ‘Carruaje para caballerizas para la conducción higiénica de las burras, vacas o cabras de leche para la expedición pública’. Este vehículo no era un simple carro para transportar la leche, sino un carruaje para trasladar al ganado lechero hasta la misma casa de los clientes. En aquella época la leche se adquiría sin tratamiento previo y no era conveniente dejar pasar demasiado tiempo desde el ordeñado hasta su consumo. El invento de Fermina pretendía minimizar ese tiempo, ganando en higiene y, por lo tanto, en salud. Probablemente Fermina Orduña no fue la primera inventora española, pero sí la primera a la que se le permitió solicitar un “privilegio de invención”. Con toda seguridad, muchos otros inventos fueron patentados con anterioridad por maridos, hermanos u otros parientes, para evitar que fueran rechazados por presentarlos una mujer.

Jimena Quirós (1899-1983)

La oceanógrafa Jimena Quirós Fernández y Tello se convirtió en 1921 en la primera científica contratada en el Instituto Español de Oceanografía (IEO). Fue, además, la primera mujer que embarcó en una campaña oceanográfica en España y la primera en firmar un trabajo científico en Ciencias del Mar. Titulado ‘Algunos moluscos comestibles de la provincia de Málaga’, alertaba del agotamiento de los caladeros de especies muy abundantes hacía unos años, como las vieiras. Se especializó en física y aplicó sus conocimientos al estudio del océano (estudio de las masas de agua, temperatura, salinidad, corrientes, etc.). Debido a su militancia política y a su lucha por los derechos de las mujeres, en 1940, tras finalizar la Guerra Civil, fue cesada como funcionaria. Su carrera científica quedó truncada tras este cese; sobrevivió dando clases particulares en una academia privada.

Amparo Poch y Gascón (1902- 1968)

“No es carrera propia de una mujer”. Así respondió su padre, sargento, a Amparo Poch y Gascón, cuando la joven preguntó si podía estudiar Medicina. Sin embargo, en 1922, Poch se matricula en Zaragoza, donde no tuvo reparo en denunciar al machismo y cómo la sociedad de la época miraba con burla y desprecio a la mujer que decidía (y podía) estudiar en la Universidad. Después de licenciarse hizo mucho más que ejercer su profesión. Habló sobre métodos anticonceptivos y escribió en 1932 «La vida sexual de la mujer», donde conciencia sobre educación sexual e higiene como método para prevenir enfermedades de tipo venéreo. Puso en marcha programas de educación sexual para mujeres obreras y desarrolló una gran labor en la sanidad infantil para reducir las altas tasas de mortalidad de la época. Ejerció su profesión desde una perspectiva feminista y de clase, ayudando a las mujeres a eliminar prejuicios y tradiciones sobre la maternidad y sexualidad. Cuidó de los niños refugiados de la Guerra Civil y huyó de España con el triunfo del fascismo. Murió en el exilio y en la pobreza.

Blanca Catalán de Ocón (1860-1904)

El 31 de octubre de 1871, el prestigioso botánico alemán Heinrich Moritz Willkomm escribió al científico español Bernardo Zapater dándole acuse de recibido de las investigaciones que el botánico había llevado a cabo junto a Blanca Catalán de Ocón, una joven autodidacta que, en relativamente poco tiempo, -murió joven, con tan solo cuarenta y cuatro años- no solo se convertiría en la primera botánica española, sino en la primera mujer en dar nombre a una flor que ella misma había descubierto. Con los años, su herbario terminaría por revelarse como un trabajo crucial para el conocimiento y estudio de la flora española. Entre las plantas recolectadas por ella, algunas resultaron ser nuevas especies, mientras que otras eran especies locales endógenas. A Blanca no le quedó otro remedio que ser una autodidacta, trabajar por su cuenta en los márgenes de las instituciones y de las academias, que no solo mantenían las puertas cerradas a las mujeres, sino que no llegaron a reconocer públicamente -de ahí la ausencia del Blanca Catalán de Ocón de los manuales de botánica- el trabajo de las mujeres científicas, cuyos méritos y cuyos nombres solo ahora se empiezan a sacar a la luz tras décadas de silencio.

Federica Montseny (1905-1994)

La combatividad y la curiosidad intelectual vinieron de nacimiento con esta madrileña. Con 15 años escribió su primera novela y con 26 años estaba en las filas de la CNT, donde comenzó a demostrar su enorme talento para la oratoria. Tal fue su popularidad que el Gobierno de la II República, en plena Guerra Civil, decidió nombrarla Ministra de Sanidad. Fue la primera ministra de España y la cuarta de Europa, y planteó iniciativas pioneras en un país que empezaba su guerra civil, como lugares de acogida para la infancia, comedores para embarazadas, liberatorios de prostitución, una lista de profesiones a ejercer por personas con discapacidad y el primer proyecto de Ley del aborto en España. No volvería a haber otra mujer ministra en España hasta casi medio siglo después: en 1981, cuando Soledad Becerril fue nombrada Ministra de Cultura en el gobierno de Calvo Sotelo. Con todo, fueron tiempos difíciles: se vio obligada a dejar el cargo y salir del país para salvar su vida. Regresó a España en 1977 tras décadas de resistencia en las que esquivó la persecución del gobierno de Franco.

Matilde Ucelay (1912-2008)

Matilde Ucelay Maórtua fue la primera mujer titulada en arquitectura en España, en 1936, y también la primera en ejercer esta carrera profesional plena: más de 120 proyectos realizados íntegramente por ella misma con la sola ayuda ocasional de un aparejador, algunos en el extranjero, en más de 40 años de ejercicio profesional que le valieron el Premio Nacional de Arquitectura en 2004. Tras la Guerra Civil fue juzgada por su ideología y se le prohibió ejercer cualquier cargo público y el ejercicio de su profesión durante cinco años, por lo que sus proyectos tenían que ser firmados por amigos dispuestos a echarle una mano. En una época en la que las mujeres carecían de derechos legales, ejerció su labor en circunstancias realmente difíciles, inmersa en el contexto social de la época franquista, en el que las mujeres se veían confinadas al ámbito privado y forzadas a cumplir roles exclusivamente domésticos y familiares. Ucelay, con gran dedicación, ejerció plenamente una profesión liberal de importantes responsabilidades hasta su jubilación en 1981, convirtiéndose en un referente para las nuevas generaciones de arquitectos, y sobre todo, de arquitectas, que ya son más de la mitad del alumnado actual.

María Luz Morales (1889-1980)

Fue la primera mujer en dirigir un periódico en España (La Vanguardia) algo casi tan insólito en la época de Morales como hoy en día, pues ninguno de los veinte periódicos impresos más leídos del país está dirigido por una mujer. Llegó a la dirección del diario en plena Guerra Civil pero ya era toda una periodista veterana. Empezó escribiendo en la revista ‘Hogar y la Moda’ pero pronto empezó a colaborar con La Vanguardia escribiendo sobre cine, aunque con un pseudónimo masculino, un nombre de hombre inspirado en una novela de Benito Pérez Galdós: Felipe Centeno. Era la única mujer de la redacción, aunque eso no le paró: cuando la trasladaron a la sección de teatro empezó a firmar con su nombre y sus textos llamaron la atención de la Paramount, donde comenzó a escribir diálogos y a adaptar películas estadounidenses a la fonética española. Tras la victoria franquista toda la plantilla del periódico fue despedida y Morales encarcelada durante más de un mes. Por fin, tras la caída del régimen, consiguió volver a ser habilitada como periodista en 1978.

Anita Carmona Ruiz (1908-1940)

Nita siempre quiso ser futbolista, incluso contra el consejo de los médicos, que pensaban que era un deporte para hombres –demasiado arriesgado para una mujer–. Pero recibió el apoyo del padre Francisco Mínguez Fernández, un enamorado del fútbol que organizaba partidos en las Escuelas Salesianas en Málaga, y también de su abuela, que veía injusto que la vetaran en este deporte y siempre le apoyó. Para infiltrarse entre los chicos y ser futbolista, se cortó el pelo y se vendó a presión el pecho para disimular su silueta. Jugó en el Sporting de Málaga y el Vélez CF. Y se puso el apodo de “Veleta” por sus constantes “cambios de aires”. Todavía se conservan un par de fotos de ella vestida con su equipación, posiblemente sacadas en carnavales, para disimular. Algunos compañeros conservaron su secreto, pero la realidad es que, con la llegada del franquismo, se prohibió que las mujeres jugaran a deportes de hombres. Murió muy joven, con 32 años, y la enterraron con la camiseta de su club, rodeada de sus compañeros, los jugadores a los que les gustaba tenerla en su equipo o como rival, sin preocuparse de que fuera una mujer.

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