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Ni chupasangres ni espejos rotos: todos los mitos sobre los vampiros que nos han hecho creer

El 11 de octubre cumple años uno de los vampiros más ‘sexys’ de la historia de la televisión reciente: Bill Compton, el protagonista de la serie de HBO ‘True Blood’. El actor Stephen Moyer alcanza los 49 años, después de haber interpretado durante seis a un ser que llegaba al pueblo estadounidense de Bon Temps a la vez que se producían varios asesinatos.

Bill Compton no era el único vampiro de esa serie, que en este 2018 cumple 10 años. Tampoco ‘True Blood’ es la única ficción que nos ha hecho creer las más increíbles historias sobre estos animales. En el cine, la televisión e incluso la tradición popular han perdurado todo tipo de mitos sobre criaturas de dientes peligrosos. Y la realidad es muy diferente. En el camino, los espejos, los murciélagos e incluso las personas que, por desgracia, tenían ciertas enfermedades han pagado el pato de que sean consideradas poco más que monstruos.

Los vampiros no existen: es una enfermedad humana

Pero ¿de dónde surge el gran mito de los vampiros, unos seres que de noche atacan a sus víctimas chupando la sangre de su cuello? El vampiro más famoso es el conde Drácula, que dio nombre al libro homónimo del escritor Bram Stoker (1897) y al que hemos visto numerosas veces en el cine. El aristócrata tenebroso que protagoniza la historia podría no ser un ser tan de ultratumba como pensamos.

El origen del mito es la porfiria, una enfermedad de los seres humanos que consiste en el aumento de las porfirinas, unas proteínas que dan más color a la sangre. La enfermedad tiene entre sus síntomas fotosensibilidad, palidez y problemas psicológicos. Incluso, algunos curanderos daban a beber sangre de animales para calmar la ansiedad, otro de los indicios de la dolencia. ¿Nos suena de algo?

Por lo que se sabe, esta enfermedad y sus curiosos síntomas se fueron conociendo más y más durante el siglo XIX. Esto dio origen a que se difundiera en cuentos y leyendas populares de Europa y que llegara así hasta los oídos del irlandés Stoker.

En su origen no eran fantasmas ni tomaban sangre

Por otra parte, estos mordedores de cuello no nacen en un castillo de Transilvania, sino que son mucho más antiguos. En concreto, están documentados en la antigua Mesopotamia desde hace más de 5000 años. En aquel entonces se hablaba de seres que estaban a medio camino del mundo de los vivos y de los muertos, y que interrumpían los ciclos naturales (como las estaciones) del primero.

Entonces no se hacían con nuestra sangre… todavía. Habría que esperar hasta la Edad Media para que tomaran una apariencia fantasmal, y ya en la ilustración tendrían ese cariz de bebedores de líquido rojo. Después de la publicación de ‘Drácula’, muchos vampiros han seguido haciéndose con glóbulos y plaquetas humanos, pero los gustos han cambiado en los últimos años: Edward Cullen, de la saga ‘Crepúsculo’, tiene como norma beber solo sangre de animales…, aunque no le hará ascos a probar la de su amada Bella.

Por qué los murciélagos han pagado el pato

Los pobres animales, que tienen mejor prensa con Batman, también están asociados a los vampiros. Hemos visto cómo los portadores de colmillos afilados se transformaban en estos animales para morder en el cuello de sus víctimas o para viajar de un lado a otro. Sin embargo, en la vida real, los murciélagos son menos peligrosos.

Se calcula que hay unas 1100 especies de murciélagos. De ellos, solo tomarían sangre los de la subfamilia ‘Desmodontinae’. Y estos sí, llevan el vampiro en su nombre: el vampiro común, el vampiro de patas peludas y el vampiro de alas blancas. O sea, tan solo 3 de esos 1100. El resto de especies, mientras tanto, prefieren los insectos, los peces o los frutos.

Pero no nos hemos de preocupar mucho: aquellas tres especies solo están en el continente americano, de México al Cono Sur. Y sí, de noche, el de patas peludas y el de alas blancas pueden chupar la sangre de un humano, pero no transmite enfermedades o el deseo de atacar cuellos. Aun así, cuidado: dejaría expuesta la zona de la mordedora a parásitos, infecciones o virus como el de la rabia.

Los espejos que no merecía la pena romper

En casa de un vampiro no encontrarás ajos ni espejos: en estos últimos no se reflejan, así que mejor que no haya para evitar sospechas entre los invitados. Sin embargo, los pobres espejos, que ya llevan encima el sambenito de provocar mala suerte si se rompen, merecería aquí mejor imagen.

Desde la mitología griega, el espejo u objetos que se reflejaran ha sido muy importante en la cultura occidental. Por ejemplo, la diosa Atenea regaló un escudo a Perseo que funcionó como espejo para vencer a Medusa. Más adelante, las supersticiones llevaron a girar o cubrir los espejos en las casas donde había fallecido alguien. El temor era que su espíritu se reflejara o que el espejo absorbiera el alma, y no estaba la casa para más sustos.

Con el tiempo, las historias de vampiros se han aprovechado de esa creencia para destacar que estos, como seres muertos, no tendrían alma y por tanto no se verían reflejados en la superficie. En pleno siglo XXI, la imagen de un vampiro que rompe espejos se ha convertido en obra de arte. Sin embargo, con haberlos tapado habríamos seguido con la tradición más conservadora y folclórica y no tendríamos que ir luego recogiendo con la escoba.

Estos mitos han llegado hasta nuestros días, para escarnio de muchos murciélagos y de algunas personas enfermas. Y si estos han perdurado hasta el siglo XX, algunos no han tenido tanto éxito: precisamente otro de los síntomas de la porfiria es el crecimiento desmesurado de pelo. En ‘Drácula’, uno de los personajes se extraña de que el conde tenga “pelos en el centro de la palma [de la mano]”. Una imagen algo desagradable que no tiene nada que ver con la aristocracia o con los vampiros atractivos que veíamos en ‘Crónicas vampíricas’ ‘True Blood’. Ojalá Stephen Moyer siga cumpliendo años y no lo veamos de esa guisa.


Con información de Gizmodo, El Mundo, Wikipedia (1, 2) y Universidad de Granada. Imágenes de HBO, Unsplash (1, 2) y Pixabay.

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