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La noche de los tiempos de los videojuegos: las maquinitas de antes de las maquinitas

La industria del videojuego mueve miles de millones de euros en todo el mundo y nunca deja de avanzar, quemando etapas (y hardware) a velocidades vertiginosas. Pero nosotros hoy hemos querido echar una vista atrás, a una época en la que las consolas portátiles y los juegos en el móvil aún no existían. Es más: ni siquiera había máquinas de marcianitos.

Bien podíamos llamar a estos artefactos “las maquinitas de antes de las maquinitas”, puesto que solían tener principios similares pero a un nivel más tosco y primitivo. Los pinballs son hoy día piezas de coleccionista, los juegos de meter canastas aún los vemos en las ferias. Pero la mayoría de estas máquinas y juguetes han caído en un inevitable olvido. Rindamos un sentido homenaje para los curiosos, nostálgicos y estudiosos de la siempre sana actividad que es jugar.

Monza

Antes del ‘Pole Position’, este invento permitía entrenarse a los aprendices de Fitipaldi. El desarrollo era muy sencillo: el volante hacía girar el tablero de juego y teníamos que evitar que la moneda saliera de los límites de la “carretera” descendente. Esta máquina ‘Monza’ tenía una peculiaridad muy apreciada por los jugadores, pero menos por los propietarios: si llegábamos al final, nos devolvía la moneda.

Juegos acuáticos de colocar anillas

Lejos de permitir un desarrollo frenético, estas maquinitas acuáticas promovían un juego más reposado, en el cual tras la catarsis inicial, teníamos que esperar a ver cómo caían poco a poco las anillas sobre los objetivos, en un bucle constante que nos dejaba como atontados. Ideales para que los niños pasaran un rato entretenido durante el viaje a Sagunto de vacaciones.

Fórmula 1 sobreimpresionada

Un clásico de las tómbolas de todo el país. Su aspecto sofisticado escondía un mecanismo muy simple. Un coche, pintado sobre la pantalla, corría por encima de un escenario pintado sobre un rollo de plástico. La interacción, por tanto, era mínima, siendo prácticamente imposible morir, ya que el coche “sobrevolaba” la zona y los obstáculos. Las salas recreativas contaron con una versión grande algo más interesante, ya que al menos nos “mataban” al salirnos de la carretera, cuando un circuito eléctrico quedaba cerrado y un ruido nos indicaba el error.

Galerías de tiro electromecánicas

En estas máquinas, bastante voluminosas, se ponía a prueba la habilidad del jugador que tenía que conseguir la mayor puntuación posible, ya fuera dentro de un periodo concreto de tiempo (como El Alamein de SEGASA), o bien limitando el número de disparos (Clown y Kindo de Inder). Algunas incluso premiaban al jugador añadiendo un tiempo adicional de juego o partida extra tras superar cierta puntuación. Aunque si volvías a superar la puntuación máxima en esta partida gratis, no te volvían a dar otra, que no era cuestión de tirarse toda la tarde disparando por la cara.

El Frontolin

Directamente venido de la muy noble villa de Bilbao, este híbrido entre frontón y futbolín tuvo menos recorrido que un pintxo de tortilla en la puerta de un colegio. No es de extrañar, porque la bola nunca terminaba de alzarse por el aire, por lo que cualquier parecido con el juego de pelota vasca en el que se basaba era pura coincidencia.

Jueguecitos con bolas

Otro juego ideal para regalitos del Ratoncito Pérez o en las primeras promociones del Burger King. Tirar de una palanquita para ver como la pantalla se nos llenaba de pelotitas de metal, conseguir puntos y repetir hasta aburrirse o dejar los dedos llenos de padrastros.

FutbolChamp

El futbolín más allá de la cúpula del trueno. Una variante del clásico juego donde los jugadores podían moverse por una especie de raíl y girar para rematar a portería. Se nota una clara procedencia extranjera, donde el balompié era menos popular; y donde no conocían nuestro fabuloso futbolín. Eso sí: ocupaba menos espacio. 

Air Hockey

Porque si lo que se quería era llenar medio salón recreativo, eso se lograba instalando una mesa de ‘air hockey’. Seguro que lo recuerdas: dos especies de platillos con mango, un disco de plástico y tus nudillos ensangrentados cuando dicho disco impactaba contra ellos por una mala colocación de las extremidades. El sonido que hacía era directamente un crimen de lesa humanidad.

La rana

Otro concepto extraño que tampoco soportó los avances del destino. Igualita que la rana de metal verde que tu tío abuelo tenía en la casa del pueblo, pero con algunas lucecitas y un panel numérico para mostrar las puntuaciones. Un mueble electromecánico calificado de «competición», pero que los caprichos del diseño (para que se asemejara a la boca de la rana) hacían que la moneda acabara siempre en la cabeza de la persona que estaba jugando al lado.

Baloncesto

Un caso especial y distinto, donde la decoración del invento brillaba por su ausencia. Y es que el tener que lanzar la pelota por los aires requería muchos compromisos para que el trasto fuera cuando menos jugable. Al fina se solucionó: un tablero que parecía un paisaje lunar, lleno de cráteres donde caía la pelota. Cada uno tenía asignado un número, que activaba la palanca y mandaba el balón por el aire, bien a un compañero del equipo (o rival), bien a la propia canasta.

Laberinto de Congost

Un tipo de juego totalmente eclipsado por aquellos primeros Spectrums y Segas, donde los juegos de laberintos te los regalaban al comprar el ordenador. En este caso, un ‘joystick’ nos permitía cambiar la inclinación del tablero, en un imposible intento de controlar la bolita y llevarla hasta uno de los agujeritos de la máxima puntuación.

El tragamillas

Posiblemente este tragamillas fue la primera recreativa homologada con la categoría de prueba de habilidad. ¿Cómo se podía conducir? Pues guiando una anilla por el circuito sin tocarlo, midiendo así los reflejos y habilidad del jugador. Más que una maquinita, un alcoholímetro del Pleistoceno.

Bingos y otras máquinas con bolitas

A raíz del éxito de los pinball, se crearon centenares de variantes en las que jugábamos con bolas de metal sobre algún tipo de tablero. Uno de los modelos más populares era aquella máquina en la que las bolas iban cayendo sobre una serie de números, que teníamos que esperar coincidieran con los del “cartón” con el que jugábamos en la parte superior del tablero. Los bingos electrónicos que daban dinero contante y sonante acabaron con ellos, aunque hoy en día todavía pueden verse en bares muy viejos y otros lugares de ocio, como dinosaurios que se resisten a su extinción.

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Fotografías de Recreativas.org, TodocoleccionPetacosRetrovicio y Marcianitos

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