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La verdad sobre gatos y perros

Mi gata, Nacha, haciendo lo que mejor sabe hacer: nada.

Vivo en casa de una gata desde hace unos doce años. Aunque sea yo quien pague religiosamente la hipoteca los dos tenemos claro que la casa es suya: ella reina en su territorio, controla en cada momento el rincón más cómodo y otea con reproche cualquier cambio en la ubicación de los muebles, música disonante o incluso ciertas visitas. Porque para ella, los humanos que aparecen por esa casa son visitantes y yo soy meramente el más asiduo de ellos; el que le da de comer y calor por las noches, sí, pero visitante al fin y al cabo.

Mi gata no me protege de los cacos, ni siquiera de los ratones, que resultarían para ella –tras una vida entera de reclusión hogareña- tan enigmáticos e inmanejables como para mí. Mi gata, en suma, no me ofrece ningún “servicio” y, sin embargo, he caído bajo su embrujo, igual que otros 600 millones de hogares en todo el mundo, que ponen su cajón de arena para que el gato sea, con mucha diferencia, el animal doméstico más abundante del mundo.

Sin embargo, el gato salvaje –el lince en la península Ibérica o sus equivalentes en el resto del mundo- no tenía ninguna papeleta para convertirse en un animal doméstico. Para empezar, es un cazador solitario, territorial y poco sumiso, como sabe cualquiera que haya convivido con uno. El hombre logró domesticar al perro aprovechando su carácter gregario: reemplazó al macho alfa de la manada y con ello logró un fiel y sumiso servidor.

En el caso del gato la iniciativa no partió del hombre sino del felino, como es lógico. La agricultura trajo consigo los primeros almacenes de grano y con ellos los escurridizos ratones, dispuestos a vivir del sudor de nuestra frente. Fueron los gatos silvestres los que se acercaron a nuestras casas al ver que allí había una interesante fuente de proteínas: los roedores, en tanto los humanos eran demasiado grandes para servir de alimento. Nuestros antepasados se limitaron a aceptar la compañía de aquellos sigilosos vecinos, hasta acostumbrarse a su presencia y acabar formando parte del mobiliario.

Así nació una relación simbiótica que hoy por hoy podría calificarse más bien de parasitaria: trabajamos y nos desvivimos para que nuestros gatos estén felices y, con suerte, obtenemos de ellos un complaciente ronroneo de bienestar.

Mientras los perros pasean ciegos, cuidan chalets, buscan bombas o supervivientes en terremotos, los gatos ven la vida pasar, viviendo de los réditos de los servicios prestados por unos lejanos e ignotos ancestros. El gran humorista El Perich, gatófilo él, tenía una divertidísima serie llamada “¿Acaso hay gatos policía?”. En ella se comparaba con indisimulada admiración la actitud imperial y despreocupada de los gatos con la servil de su némesis, los bondadosos y un tanto tontorrones perros.

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