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Cuando el hombre llegó a la Luna con una regla y un ordenador menos potente que una calculadora

Es una regla, no cabe duda, pero no es una regla más como la que usábamos en el colegio. Es una regla de cálculo, concretamente la que el astronauta Buzz Aldrin llevó consigo cuando viajó en el Apolo 11. Podríamos decir que esta regla fue uno de los ‘ordenadores’ que llevó al hombre a la Luna en 1969, un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad del que se cumplen 50 años el próximo 20 de julio.

Se cuenta que Aldrin empleó este instrumento para echar alguna que otra cuenta de última hora antes del despegue, aunque no está del todo claro. Lo que sí sabemos es que los ingenieros de la NASA de aquella época usaron computadoras analógicas tan sencillas como esta para diseñar los cohetes y planear la misión espacial más famosa de la historia.

Dentro de la nave, la tecnología era (algo) más avanzada. Revolucionaria para la época, claro, pero irrisoria si la comparamos con los cachivaches de hoy en día. Los ordenadores que controlaban la primera expedición que llegó con éxito a nuestro satélite – los Apolo Guidance Computer – eran seis veces menos potentes que una calculadora científica de hoy en día. Ahí es nada…

Para ser más exactos, la expedición del Apolo 11 en la que hicieron historia Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr. y Michael Collins, portaba dos de estos artilugios, uno en el llamado módulo lunar y otro en el módulo de mando. Pero si los comparásemos, no con una calculadora, sino por ejemplo con cualquier ‘smartphone’ como el que podrías estar utilizando para leer esto, las diferencias serían abismales.

Así, para que la computadora ejecutase las acciones los astronautas debían de introducir complejos comandos que combinaban números y verbos. Además los astronautas iban diciendo en alto estos códigos para que la base situada en Houston no perdiera detalle alguno de todo lo que hacían.

Si bien la sencillez no era uno de sus puntos fuertes, tampoco lo era la fiabilidad. Pese a que consiguió transportar a la que a la postre se ha convertido en la única expedición que posó sus pies en suelo lunar, lo cierto es que el Apolo Guidance Computer dio algún que otro susto antes de completar la misión.

Mientras Neil Armstrong descendía para protagonizar “un pequeño paso para el hombre”, el AGC comenzó a transmitir señales de alarma. Al parecer, el equipo había sufrido una sobrecarga, es decir, se había quedado sin espacio para continuar realizando operaciones de cálculo.

Pero volvamos a la vieja y entrañable regla. Antes de que las tabletas, los teléfonos inteligentes, los portátiles e incluso las calculadoras llegasen a nuestras vidas, las operaciones matemáticas complejas se resolvían con la ayuda de estos ‘dispositivos’, que tienen más de cuatro siglos de historia a sus espaldas y que, lógicamente, ahora nos parecen rudimentarios.

Dásela a un nativo digital y le parecerá la cosa más difícil del mundo – nos hemos malacostumbrado a no pensar -, pero en realidad el funcionamiento de una regla de cálculo es bastante sencillo (al menos el de las más convencionales).

Se divide en tres partes, dos fijas y una móvil, todas ellas con escalas numéricas grabadas. Simplificando, las cifras se relacionan entre sí de tal forma que, al desplazar la parte móvil de la regla, podemos obtener el resultado de diversas operaciones aritméticas (suma, resta, multiplicación, división…). Aún más fácil de entender si lo vemos en acción:

Científicos e ingenieros se han servido de este instrumento, inventado por el clérigo británico William Oughtred en el siglo XVII, durante décadas. Formaba parte del día a día de estudiantes y profesores universitarios hasta que, de pronto, la revolución tecnológica se la llevó por delante.

Como de la noche a la mañana, las reglas de cálculo dejaron de utilizarse. Desde que Hewlett-Packard sacó a la venta su primera calculadora electrónica portátil en 1972, la computadora analógica que llevó al hombre a la Luna está obsoleta.

Y, claro, luego llegaron los ordenadores, los ‘smartphones’ y hasta los ‘wearables’. Lo que ayer le pasó a la regla, mañana podría pasarle a cualquier cosa. El ritmo del progreso es cada vez más acelerado.

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