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Cuando la sal se vendía en los estancos y cultivar arroz se castigaba con la muerte

¿Qué vas a comer hoy? Probablemente verduras, legumbres, algo de fruta… Alimentos de toda la vida sin los cuales no se entiende una dieta variada y completa. Están tan integrados en nuestro día a día que, en muchas ocasiones, ni conocemos sus orígenes ni sabemos cómo han evolucionado a lo largo de la historia. Algunos de ellos estuvieron monopolizados por el Estado, mientras que otros fueron mirados con recelo en su época y ahora son más comunes que el queso de cabra. En tu despensa tienes setas, lentejas, pimienta o cebolla, y te vamos a contar las anécdotas más sorprendentes que rodean a estos y otros alimentos:

Pan: de los hombres en Grecia y de las mujeres en Roma

Base de los bocadillos y de muchas comidas de los españoles, ya nuestros antepasados griegos lo conocían; de hecho, se dice que fueron los mejores panaderos de la Antigüedad, pues horneaban elaboraciones de muchas formas, algunas de las cuales equivaldrían a nuestros bollos de hoy en día. Curiosamente, en el país heleno eran los hombres los encargados de cocinarlo, mientras que en Roma eran las mujeres. Cuando el Imperio ocupó Grecia, muchos varones se fueron a trabajar a lo que hoy es Italia.

Sal: ve al estanco a por ella

Sin ella muchos platos estarían sosos. Y para tenerla tan solo tenemos que ir al supermercado a por ella. Pero en la Antigüedad, debido a su importancia para el consumo y la conservación, estaba monopolizada por los estados y gravada con impuestos, algo que cambió a lo largo del siglo XIX (en España, en 1869). Sin embargo, en Italia este monopolio duró hasta 1970. Hasta entonces, la sal marina se compraba en el mismo lugar que el tabaco: todavía se pueden ver carteles con el ‘Sale e Tabacchi’ por el país.

Pimienta: precio de oro para curar enfermedades

Si la sal es común en todas las casas y en los restaurantes junto al aceite y el vinagre, la pimienta no se queda atrás. Por fortuna, tanto una como otra hoy tienen precios asequibles. En tiempos romanos, era vista como un símbolo de riqueza, tanto como el oro. Entre otras razones, por el sabor que aportaba a las comidas, el mucho tiempo que podía estar almacenada y sus atribuidas propiedades medicinales: efectiva contra la bronquitis, el reumatismo… Hoy, algunos pueden tener la boca y el estómago irritados por su culpa.

Perejil: manjar de gladiadores

La imagen del cocinero Karlos Arguiñano está indisolublemente asociada al gesto de poner un poquito de perejil en todos nuestros platos. No sabemos si él conocerá que los gladiadores romanos también eran verdaderos amantes de su verdor. Lo comían cocido o crudo porque creían que les daba fuerza y astucia. Más tarde, Carlomagno recomendó en uno de sus decretos usarlo y cultivarlo. ¿Será el cocinero vasco descendiente de alguno de ellos?

Setas: comida de brujas y demonios

¿Qué tal para tomar de primero un revuelto de setas con huevo y jamón? Hoy lo tendrías más que fácil para prepararlo, pero en la Edad Media las setas se consideraban demoníacas, debido al ligero olor a azufre, a que se encontraban en zonas oscuras de los bosques y a lo venenosas que podían ser si no las reconocías. Ya en el Renacimiento fueron mejor vistas, sobre todo unas cuyo caché se ha mantenido hasta hoy: las trufas.

Lentejas: queridas y odiadas a partes iguales

Un buen plato de lentejas aporta energía suficiente para el día. De origen indio, sobre el año 3000 a.C. ya se cultivaban en todo el Mediterráneo oriental. En Europa, el consumo decreció durante la Edad Moderna. El trato era malo, pero variaba mucho con el país: en España no parecían sanas o elegantes, pero las tomábamos cuando no había otra cosa o las cosechas eran malas. En Francia, en cambio, las prohibieron durante el siglo XVII porque se consideraba que solo el ganado podía comerlas. Eso sí, durante los años de hambruna en los tiempos de la Revolución francesa, fueron aceptadas de nuevo.

Arroz: cultivarlo estaba penado con la vida

Si en vez de lentejas eres de arroz (o de ambas a la vez, un plato muy nutritivo), alégrate de no haber vivido en la Edad Media. Llegó a España con los árabes, en el siglo VIII. Al principio se cultivaba cerca de Sevilla, pero no tuvo mucho éxito. Todo lo contrario que… Exacto, en Valencia. Sin embargo, se relacionaba con algunas enfermedades, como el paludismo, al crecer entre la tierra y el agua. En 1447 Alfonso V, rey de Aragón, fijó la pena de muerte para quien lo cultivara. A partir de Carlos I y hasta finales del siglo XIX se acotaban las zonas donde podía crecer. Desde entonces y hasta hoy, el saneamiento de las tierras y la organización del sector han hecho que degustemos paella o risoto sin problemas y sin necesidad de jugarnos el cuello.

Cebolla: vedada para los egipcios de a pie

Sin ella no existe un buen sofrito, pero los antiguos egipcios no tenían mucha oportunidad de disfrutarla. Los sacerdotes la honraban del mismo modo que a un dios y hacían juramentos con una de ellas en la mano. Además prohibían al pueblo que la comiera, porque hacía llorar (algo de razón llevaban en esto), excitaba el hambre y provocaba sed. Sin embargo, fue la base de la alimentación de aquellos que construyeron las pirámides. En la Edad Media y en lo que entonces era la Hispania, estaba mejor vista, ya que se le atribuían poderes fértiles así como en la titánica lucha contra la alopecia y la jaqueca.

Piña: símbolo de pudientes…

En la señorial Inglaterra del siglo XVIII, cuando una familia de clase pudiente decidía darse un homenaje, en el banquete no faltan las más suculentas viandas. Deliciosa carne de jabalí, el pescado más fresco… Y piña. Mucha, mucha piña. Si algún alimento debía estar presente en la mesa de una familia de la aristocracia, sobre todo si aún aspiraba a subir algún que otro peldaño en la escala social, era ese fruto tropical que descubrió el bueno de Cristobal Colón cuando se topó con tierras americanas, y que los españoles no dudaron en traer a Europa en el siglo XVII. Cuentan las crónicas que los pertenecientes al estamento privilegiado incluso paseaban por la calle acompañados de sus mejores piñas. ¿No sales de tu asombro? He aquí los vestigios de la época dorada de la piña que todavía podemos encontrar en diversos rincones de la mismísima capital de Inglaterra.

…Y la langosta la rechazaban hasta los reclusos

Mientras tanto, en las plantas bajas de la casa, después de haber servido la cena, los siervos no tenían otra cosa que llevarse a la boca que marisco. A veces no tenían más remedio que tragarse una mísera langosta…Por increíble que parezca, esta ‘delicatessen’ marina fue considerada un alimento de la clase más baja hasta mediados del siglo XIX. Tanto es así que se le daba a los reclusos en las prisiones y algunos estados de norteamérica llegaron a establecer por ley que no se alimentase a los presos con langosta más de dos veces por semana. Lo consideraban un castigo demasiado cruel. Había quien lo llegaba a equiparar con comer ratas.

Melón: no siempre ha sido como piensas

De postre nos vamos a comer un rico melón. Rico, sí, con su sabor dulce. Pero en sus orígenes no era de este modo: procedente del sur de África, cuando llegó al antiguo Egipto tenía el tamaño de una de nuestras naranjas y un sabor como el del pepino; es más, se usaba para las ensaladas. En tiempos de Julio César se dulcificó un poco, pero era tan caro que no se popularizó. A principios del siglo XV, unos monjes que estaban en Armenia llevaron a Roma una variedad tan dulce que hasta algunos papas lo hicieron cultivar.

Café: bautizado por un papa

Y hablando de papas (que no patatas) llegamos a la sobremesa con un buen café. Si hoy lo podemos tomar es gracias precisamente a un sumo pontífice, Clemente VIII. En 1600, algunos monjes le pidieron que lo prohibiera por ser de origen árabe y muy popular entre los musulmaes. Cuando Clemente lo probó, le pareció que estaba delicioso y para hacerlo ‘cristiano’ llegó incluso a bautizarlo. Al parecer, el pontífice dijo: “Esta bebida del demonio es tan deliciosa que deberíamos engañar al diablo bautizándola”. Los protestantes alemanes también recelaron de ella, pero la expansión por Europa era tal que también se rindieron a sus encantos.

Con información del libro ‘Eso no estaba en mi libro de historia de la gastronomía’ y Aleteia. Con imágenes de Pixabay (1, 2, 3, 4), Wikipedia (1, 2), Howard Stanbury, Lablascovegmenu y Pexels (1, 2).

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