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Recordando a Elizabeth Blackwell, la primera mujer en recibir el título de Medicina

El 11 de febrero se celebra el Día Mundial de la Mujer Médica, un día muy especial donde es necesario valorar más que nunca esta profesión y su importancia en unos momentos cruciales de lucha contra la pandemia. Pero cuando hablamos de mujeres esta celebración cobra más fuerza todavía, ya que hasta hace no tanto, las féminas no podían estudiar esta carrera universitaria.

Por ejemplo, en España, la primera médica, la ginecóloga catalana Dolors Aleu Riera, se graduó en 1882. Como ella, muchas otras mujeres han contribuido a la integración de la mujer en la medicina. Pero la historia oficial ha ocultado injustamente a estas personalidades que han jugado un papel decisivo en la construcción de nuestra sociedad.

Lamentablemente, sus nombres no forman aún parte de nuestra memoria colectiva. Este es el caso de las primeras médicas que, desde mediados del siglo XIX, lucharon por construir una medicina mejor y un mundo más justo e igualitario.

Y entre ellas hay que rendir un especial tributo a la doctora de origen inglés Elizabeth Blackwell por convertirse precisamente un 11 de febrero de 1849 en la primera mujer en recibir el título de Medicina en Estados Unidos y en todo el mundo, y luego poder ejercer tan loable profesión para el beneficio de la humanidad.

A pesar de la oposición casi uniforme de sus compañeros de estudios y profesionales médicos, Elizabeth Blackwell siguió su vocación con voluntad de hierro y dedicó su vida a tratar a los enfermos y promover la causa de las mujeres en la medicina.

Gracias a esta pionera responsable de abrir el camino para que millones de mujeres pudieran dedicarse a esta ciencia sin prejuicios, la feminización en este campo profesional es una realidad. ¿Sabías que, en España, en 2017, por primera vez el número de mujeres colegiadas superó el de hombres? Pero más importante es que el porcentaje de feminización de los estudiantes MIR se elevó en 2020 al 66%, siendo claramente mayoría las mujeres que se están especializando en el sistema sanitario y que serán las médicas del mañana.

Y todo tuvo su génesis un día de frío invernal en el norte del estado de Nueva York, cuando Elizabeth Blackwell, de 28 años, recibió su diploma del Geneva Medical College. Mientras aceptaba su título, Charles Lee, el decano de la Facultad de Medicina, se levantó de su silla e hizo una reverencia cortés en su dirección.

Elizabeth, una estudiante de talento que nació en Inglaterra pero que a los 10 años emigró junto a su familia a Estados Unidos, se sintió obligada a convertirse en médica después de una conversación con un amigo moribundo, quien le dijo que su terrible experiencia había sido mucho peor porque sus médicos eran todos hombres. La familia de Elizabeth aprobó su ambición, pero el resto de la sociedad todavía encontraba ridícula la idea de las doctoras, ya que como como mujer estaba destinada a conseguirse un esposo y tener hijos.

Así que solo dos años antes, en octubre de 1847, su futuro no era tan seguro. Ya rechazada en las escuelas de Charleston, Filadelfia, Nueva York… y así hasta una decena de facultades, matricularse en el Geneva Medical College representaba su última oportunidad de convertirse en médica.

El decano Charles Lee y todos sus profesores masculinos fueron más que reacios a realizar un movimiento tan audaz como aceptar a una estudiante. En consecuencia, el Dr. Lee decidió someter el asunto a votación entre los 150 hombres que componían el cuerpo estudiantil de la Facultad de Medicina. Si un solo estudiante votaba «No», la señorita Blackwell no podría ingresar. Aparentemente, los estudiantes pensaron que la solicitud era poco más que una broma y votaron por unanimidad para dejarla entrar; se sorprendieron cuando llegó a la escuela lista para aprender.

Demasiado tímida para hacer preguntas a sus compañeros de clase o incluso a sus profesores, descubrió por sí misma dónde comprar sus libros y cómo estudiar el lenguaje bastante arcano de la medicina del siglo XIX. La mayoría de los estudiantes de medicina de esta época eran estridentes y groseros; no era raro que lanzaran bromas y burlas a los conferenciantes que les impartían clases magistrales, sin importar el tema. Pero con la señorita Blackwell en la sala, según cuentan las crónicas, sus compañeros masculinos se calmaron inmediatamente y se volvieron más estudiosos que los que la facultad había formado en el pasado.

Uno de sus mayores obstáculos fue la clase de anatomía reproductiva. El profesor, James Webster, sintió que el tema sería demasiado «poco refinado» para las «delicadas sensibilidades» de una mujer y le pidió que saliera de la sala de conferencias. Elizabeth Blackwell, apasionada, no estuvo de acuerdo y de alguna manera convenció a Webster para que la dejara quedarse, con el apoyo de sus compañeros de estudios.

Sin embargo, la escuela de medicina y sus experiencias clínicas de verano en Blockley Almshouse en Filadelfia no fueron un lecho de rosas. Pocos pacientes varones estaban ansiosos por dejarla examinarlos para hacer sus prácticas, y no pocos de sus colegas masculinos la trataron con gran animadversión

Sin desanimarse, Elizabeth perseveró y adquirió una gran experiencia clínica, especialmente en el tratamiento de una de las enfermedades infecciosas más notorias de los pobres: el tifus, que se convirtió en el tema de su tesis doctoral.

En abril de 1849, la Dra. Blackwell cruzó el Atlántico para estudiar en las mecas médicas de París y Londres. En junio, comenzó su trabajo de posgrado en la famosa maternidad parisina La Maternité, y sus profesores la aclamaron como una excelente obstetra.

Desafortunadamente, solo unos meses después, el 4 de noviembre de 1849, mientras trataba a un bebé con una infección bacteriana en los ojos, muy probablemente gonorrea contraída por la madre mientras pasaba por el canal de parto, Elizabeth se infectó su ojo izquierdo y perdió la vista. Esta lesión le impidió convertirse en cirujana.

Posteriormente estudió en el St. Bartholomew’s Hospital de Londres. Irónicamente, se le permitió practicar todas las ramas de la medicina excepto la ginecología y la pediatría, los dos campos en los que iba a obtener su mayor fama.

Cuando regresó a los Estados Unidos en 1850, comenzó a ejercer en la ciudad de Nueva York, pero le resultó difícil y los pacientes en su sala de espera eran pocos y distantes. En 1853, estableció un dispensario para los pobres de las zonas urbanas cerca de Tompkins Square en Manhattan. En 1857, había ampliado el dispensario para convertirlo en la Enfermería de Mujeres y Niños de Nueva York. Una de sus colegas era su hermana menor Emily, quien fue la tercera mujer en los Estados Unidos en obtener un título médico.

La Dra. Blackwell viajó ampliamente por Europa y se interesó cada vez más en los movimientos de reforma social dedicados a los derechos de la mujer, la planificación familiar, la higiene, la eugenesia, la educación médica o la sexualidad. También fue una ávida escritora cuya firma atrajo a muchos lectores sobre una amplia gama de temas, incluidos consejos para niñas y nuevos padres, salud del hogar, educación médica, sociología médica y fisiología sexual.

La Dra. Blackwell regresó a Londres varias veces durante las décadas de 1860 y 1870 y ayudó a establecer una escuela de medicina para mujeres, la London School of Medicine for Women, en 1874.

Allí fue profesora de ginecología hasta 1907, cuando sufrió graves heridas tras caerse por un tramo de escaleras. La Dra. Blackwell murió solo unos años después, en 1910, después de sufrir un derrame cerebral en su casa en Hastings, East Sussex, Inglaterra.

Enfrentada a la discriminación sexista en todo momento, Elizabeth Blackwell no solo recibió su título y ejerció la medicina, sino que contribuyó enormemente a la educación de la primera generación de doctoras en Estados Unidos. La profesión siguió siendo notoriamente masculina durante muchos, muchos años, pero el progreso que comenzó con Elizabeth Blackwell continúa. En 2017, por primera vez, la mayoría de los estudiantes de medicina en Estados Unidos eran mujeres.

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