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El anuncio de las 100.000 abejas, un grito de auxilio sobre la publicidad con animales vivos

La presencia de animales en publicidad es tan antigua como el propio medio. Monitos, leones, caballos, serpientes….uno podría eternizarse al enumerar las especies que han pasado por un set para dejarse fotografiar como imagen de algo. Útimamente se lleva que los animales sean también los integrantes de los mal llamado living posters, que es como se conoce al acto de incorporar la vida animal a las vallas publicitarias, marquesinas y chirimbolos.

Quizá el halo reivindicativo que envuelve a esta acción puede justificar, en parte, la utilización de animales vivos para vender, pero juntar 100.000 abejas para formar un cartel puede ser hasta contraproducente para el entorno. Aunque la compañía que lo hizo quiera alertar sobre, precisamente, la desaparición de nuestras imprescindibles amigas en los campos.

Los creativos que trabajan para las bodegas Banrock Station, quizá tras una cata más larga de lo habitual, parieron este anuncio en el condado de Devon, Reino Unido. Usaron feromonas de abeja reina para atraer a 100.000 abejas de las granjas locales y así formar un SOS con el zumbido de sus alas, un sonido que alertara a los británicos de la progresiva disminución de abejas, que han reducido su población a la mitad en los últimos 20 años.

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Las abejas se mantuvieron en el cartel alrededor de una hora, mientras sonaba «El vuelo del abejorro», el interludio orquestal de Korsakov de la ópera “El cuento del Zar Saltán”. La bodega australiana dice que donará cinco centavos de cada botella vendida de su nuevo «Plan Bee», una nueva línea de vinos creada para ayudar a preservar la población de abejas británicas. Para ello utilizarán los “conocimientos conservacionistas” que la propia empresa ha adquirido en sus viñedos en el sur de Australia, poniéndose como objetivo recaudar fondos por valor de 50.000 €.

Quizá de peor gusto, aunque también con el fin de llenarse los bolsillos, resultó el anuncio que el verano pasado instaló la marisquería alemana Fisch Franke, con local en Frankfurt, Alemania. «Tan fresco como pueda estar», rezaba el eslogan sobre un plato vacío, plato que llenaban unos peces vivos que nadaban en esta suerte de pecera publicitaria.

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En este caso, en vez de alertar sobre el “pezqueñines, no gracias”, las grandes truchas incitaban a llenarse la panza de pescado de río hasta reventar. Ante las quejas de muchos viandantes (y de la PETA teutona) un representante del restaurante hizo frente a las reclamaciones diciendo que contaban con la aprobación de la oficina veterinaria federal alemana y que su pecera no hacía mal, que los tanques-expositores donde se eligen los bogavantes antes de pasar por la plancha están a la orden del día y nadie se queja.

Quizá con pezqueñines la marisquería alemana sí que hubiera obtenido la solidaridad del respetable, como hizo la bodega australiana de las abejas, la cual posiblemente pudo haber tomado la inspiración para su acción de sus vecinos kiwis. En 2008, la rama neozelandesa de la agencia DDB montó una valla-pecera para anunciar la comedia romántica “Knocked Up” (aquí “Lío Embarazoso”) una charlotá donde un chico feo deja en estado a una niña mona.

El cartel, instalado en un centro comercial, mostraba un óvulo gigante hecho con miga de pan mientras docenas de renacuajos se daban el festín simulando a los espermatozoides luchando por la vida.

Por lo menos aquí los renacuajos eran los que se ponían hartos de comida, al contrario que en el caso de la marisquería, donde los clientes mandaban. Gracias al cielo eran pequeños y no llegaron a crecer hasta ser ranas; si no no los salva de pasar por la plancha ni Dios.

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