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Por qué los españoles hablamos tan rápido y otras curiosidades de las lenguas europeas

¿Sabías que en Europa se hablan más de sesenta lenguas distintas? El periodista Gaston Dorren ha explorado las particularidades de todas y cada una de ellas a través de su libro ‘Lingo’, una “guía de Europa para el turista lingüístico”. De la mano del políglota Dorren, que se maneja en español, francés y alemán, pero lee también en catalán, luxemburgués y esperanto, se pueden descubrir curiosidades lingüísticas a lo largo y ancho del continente, como que los húngaros y los finlandeses no se complican la vida con el plural, que el euskera es el idioma más difícil o que los españoles son tildados como “ametralladoras parlantes” por lo rápido que hablan. Incluso Dorren desvela por qué la lengua de signos no es internacional y se enfrenta a limitaciones tan parecidas al lenguaje hablado como cuando se conversa en “ambientes ruidosos”.

¿Por qué los españoles hablamos tan rápido?

Dorren aporta ante este extendido mito una explicación lingüística que lo confirma. Según explica en su libro, las sílabas españolas son bastantes cortas. De media están formadas por 2,1 fonemas, una cifra inferior a los 2,7 del inglés y los 2,8 del alemán. Esto puede significar que los hablantes españoles pronuncian menos fracciones de palabras que los ingleses o los alemanes.

Sin embargo, no es la cantidad de fonemas la que aporta la rapidez al lenguaje, sino el elevado número de sílabas que se pronuncian por segundo. Y en eso los hispanohablantes, unos 400 millones en todo el mundo, nos llevamos la palma. Al contar con menos fonemas en sus sílabas, el número de sílabas pronunciadas por segundos aumenta.

Ahora bien, no solo es que hablemos más rápido, sino que Dorren también se refiere a los hispanohablantes como “ametralladoras” del lenguaje. En este caso, la razón la encontramos en la longitud de las sílabas, algo que le aporta al lenguaje un ritmo aparentemente uniforme produciendo esa sensación de arma automática en su modo hablado. Esto no ocurre en otros idiomas como el inglés o el alemán, que cuentan con sílabas tónicas más largas que las átonas. Por estas razones, para los no hispanohablantes es más fácil entender el español escrito que el hablado, al menos cuando lo hablan los propios españoles.

El finés y el húngaro, sin género ni plurales

Tanto el finés como el húngaro comparten rasgos gramaticales que son ajenos al resto de idiomas del viejo continente. Por ejemplo, ambos prescinden del género hasta tal punto que tienen una sola palabra para referirse tanto a él como a ella (hän en idioma finlandés y ő en húngaro). De igual modo, ambas lenguas ven prescindibles las palabras plurales, en algunos casos. Por eso, como explica Dorren en su libro, “los numerales siempre van seguidos de una voz en singular (‘seis perro’ en vez de ‘seis perros’)”.

Sin embargo, el finés y el húngaro no solo se parecen en estos rasgos. A ambas lenguas también les encantan los sufijos. Por eso es común escuchar palabras como ‘periodísticamente’. Además, estos dos idiomas guardan una semejanza muy particular al expresar la posesión. “No se expresa con un verbo, sino con un sufijo; en vez de decir ‘Lo tengo’, dicen algo parecido a lo que en castellano sería ‘Está conmigo’”, ejemplifica Dorren. Estos son, precisamente, algunos de los motivos por los que se considera que el finés es uno de los idiomas más fáciles de aprender.

Además, Dorren aporta una serie de términos que existen en algunos idiomas mientras que en otros no hay traducción posible. Por ejemplo, la palabra holandesa ‘uitwaaien’, que significa “la forma de relajarse al visitar un lugar con mucho viento y, a menudo, frío y con lluvia”, o el término rumano ‘omenie’ para referirse a alguien que es a la vez decente, respetuoso, honesto, educado y hospitalario. También destaca la palabra ‘Ûssel’lie’, que en el dialecto normando de la lengua oïl, hablado en las islas Anglonormandas del canal de la Mancha, significa “la apertura y cierre continuo de puertas”. Sin olvidarnos del danés, con palabras como ‘Kaellin’ («mujer fea y desagradable que grita obscenidades a sus hijos»), el gaélico con ‘Sgiomlaireachd’ («esas personas que te interrumpen cuando estás comiendo») o el alemán, con ‘Backpfeifengesicht’, que significa ni más ni menos «esa cara que está pidiendo a gritos un buen sopapo».

“Me suena a español”: La relativa dificultad de los idiomas

Además de nuestra rapidez al soltar sílabas, los checos utilizan la expresión “eso me suena a un pueblo español” cuando quieren decir que no entienden ni jota o, como decimos los españoles, “me suena a chino”. Dichos parecidos tienen croatas y macedonios, para los que el castellano debe de ser tan indescifrable como el suahili para un señor de Palencia.

Pero la dificultad de un idioma es relativa. A un hispanohablante le puede resultar obtusa la frase de los checos, teniendo en cuenta que los niños españoles hablan su idioma ¡con cuatro años! Pero, claro, sucede lo mismo en todo el mundo; la lengua materna siempre es más fácil, y nos resultará mucho más difícil aquella que no tenga ningún parentesco con la propia.

Lo cual no quiere decir que todas las lenguas sean igual de fáciles o difíciles de aprender. En 2009 el Foreign Office británico preguntó a sus diplomáticos cuál era el idioma más difícil de aprender. El resultado fue el euskera, por delante del húngaro, el chino y el polaco. El vascuence es complicado, sí. Y así lo dictaminaron los diplomáticos consultados, hablantes nativos de 26 distintos idiomas.

No existe un solo factor que determine la complejidad de una lengua. El euskera carece de formas de género y el 60% de su vocabulario proviene del latín, con lo debería de ser más fácil de aprender para hablantes nativos de lenguas latinas, como el castellano o el francés. La pronunciación del euskera es relativamente sencilla, comparada con, por ejemplo, la de las lenguas joisanas, unas lenguas africanas que utilizan chasquidos de lengua a modo de fonemas. Aquí puedes ver a un nativo hablando en kx’a, una lengua hablada en Namibia, a golpe de clics.

Los (distintos) idiomas del futuro

No cabe duda que el inglés es una de las lenguas universales que se habla en una gran mayoría de los países del Viejo Continente. Sin embargo, su rival, como referente en el futuro, lo encontramos fuera de Europa: será el chino mandarín. Ambos idiomas suelen ser considerados difíciles: las vocales del inglés y los tonos del mandarín; la extraña ortografía del inglés y la compleja escritura del chino. Aún así, no todo son complicaciones. Los dos comparten la escasez de terminaciones para los sustantivos y los verbos en comparación con otros muchos idiomas con mayor número de conjugaciones.

El chino no utiliza clics pero es una lengua tonal, de modo que el significado de una palabra cambia en función del tono en que se pronuncie una sílaba, lo que se convierte en un maremágnum para un hablante de castellano u otra lengua no tonal. Por si fuera poco, su grafía, basada en ideogramas, es complejísima. Todo ello explica que la expresión “me suena a chino” y afines sea usada por rusos, polacos, griegos, hindúes, hebreos y húngaros, entre otros, para referirse a algo ininteligible.

El gráfico que veis a continuación es una adaptación del que hizo Frank Jacobs para Big Think y se basa en una idea poco científica pero brillante: rastrear las frases que denotan incomprensión para hallar la lengua más difícil… para el resto del mundo. Los ingleses dicen “me suena a griego” cuando no comprenden algo, mientras los árabes prefieren “me suena a hindú”. La lengua más difícil sería el chino… con permiso del “lenguaje de los Cielos”, que es la expresión que utilizan los chinos para expresar que no entienden ni palabra.

Desde luego, el que no parece ser un idioma para el futuro es el esperanto (la lengua planificada internacional más difundida y hablada en el mundo): la idea de un mismo idioma para comunicarnos todos pareció no surtir el efecto deseado. Dorren relata cómo es esta lengua que no es la mejor recopilación de las lenguas continentales, precisamente.

Para definir su postura ante este idioma universal, Dorren utiliza con cierto sarcasmo un término inventado: ‘esperinto’ para referirse a ‘alguien que tenía esperanza, pero ya la ha perdido’. “Es una palabra que resume perfectamente el estado de ánimo de la mayoría de los hablantes de esperanto”, sentencia.

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